CINE 'Biutiful': Mi sangre, mi savia... mi querido viejo roble

domingo, 5 de diciembre de 2010


Uxbal es mucho más que un padre entregado, es mucho más que un amante sufridor, es mucho más que un hombre que se mezcla en negocios de dudosa moralidad, es mucho más que un espiritista que alivia el dolor de las familias que han sufrido una pérdida reciente, es mucho más que un enfermo terminal... es un superviviente nato.
Un superviviente urbano que conoce a la perfección tanto las calles de su ciudad como la gente que las pueblan. Un hombre que sabe que le queda poco tiempo de vida, y que precisamente por esto se da prisa en no dejar nada pendiente.

Prostitución, drogadicción, inmigración ilegal, esclavitud, alcohol, sexo, muerte... no, no es otra -estúpida- entrega de ''Callejeros'', es la nueva película de Alejandro González Iñárritu. ¿Qué diferencia hay entre una propuesta y la otra? En apariencia no demasiada: ambas plantean un casi interminable repaso a la enciclopedia de miserias humanas, que si algo nos ha enseñado la experiencia, no anda precisamente ligera de peso. Pero si escarbamos un poco, veremos que en realidad el primer producto no tiene absolutamente nada que ver con el segundo. Uno hace de la mierda su alma mater. Fin. El otro se fija también en lo más bajo... pero para demostrarnos que incluso en lo más feo; en lo más asqueroso (a todos los niveles) puede encontrarse algo bonito. En ínglis, biutiful.

Vuelve pues con la pilas cargadas uno de los miembros que componen esa Santísima Trinidad mexicana también conocida como Tequila Connection. Vuelve Alejandro González Iñárritu... sin Guillermo Arriaga. Por si la sinopsis del filme no desprendía suficiente morbo (admitámoslo, en cierto modo a todos nos gusta ver el sufrimiento ajeno desde la comodidad de una butaca de cine, y que levante la mano quien no piense igual... ¿nadie? Gracias), con 'Biutiful' se escribe el presunto último capítulo de una de las relaciones de amor-odio más sonadas que nos ha dado el séptimo arte en los últimos años.

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Como son adultos, han decidido dejar las riñas para los más jóvenes, y emprender cada uno su propio camino. Así pues, mientras el famoso guionista se sitúa lejos de la ''tierra quemada'', el famoso director decide hacer una visita a Barcelona. La capital catalana está de moda y no para de guiñarle el ojo a una industria cinematográfica ansiosa por sumergirse en sus calles, adentrarse en sus edificios y diseccionar a sus habitantes. Con el recuerdo aún presente de la muy discutida 'Vicky Cristina Barcelona', 'Biutiful' nos brinda una versión de la ciudad condal muy alejada de la visión idealizada, romántica y romanticona que en su día ofreció Woody Allen. Ahora estamos en las antípodas del esplendor modernista, de la bonanza adinerada de Pedralbes o del agradable ambiente modernillo de Gràcia.

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El único punto en común entre la película del de Nueva York y el de Ciudad de México es la ligera -y puñetera- sospecha de que las autoridades quizás no dejaron actuar con plena libertad a los artistas. Y ahí lo dejamos, por escasez de pruebas sólidas y sobre todo por falta de ganas de entrar en terrenos demasiado pantanosos. Lo importante es que Iñárritu en ningún momento busca la postal, busca el escenario perfecto para depositar en él un pedazo de su alma... y su alma es muy oscura, pero llena de vida. La excelente fotografía de Rodrigo Prieto le tiene la medida tomada a estas pulsiones feístas y preciosistas del cineasta. Resultado: una ciudad gris, sucia, casi apocalíptica, fantasmagórica... y bella. En ínglis, biutiful.

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Puede que Arriaga ya no esté, lo cual se ve reflejado especialmente en el abandono prácticamente total tanto de los saltos temporales (si no contamos los capítulos que abren y cierran la cinta) como del gusto por los dramas corales (aquí la cámara sigue casi exclusivamente a un solo personaje), pero Iñárritu, una década después, sigue teniendo clarísimos sus objetivos. Tanto que después de ver 'Biutiful' a uno le queda la duda de que la llamada ''trilogía del dolor'' esté compuesta sólo por tres películas. A lo largo de dos horas y media al espectador no le queda otra que recibir una inyección ultra-concentrada del sufrimiento más intenso. Experiencia en el buen sentido agotadora... pero para nada insufrible. Contra todo pronóstico, la acumulación de desgracias no obedece al sadismo de aquella engañifa titulada '21 gramos', sino que sirve para escribir un arrollador poema que se desangra, como sucedió en aquel prodigio titulado 'Amores perros'.


Poesía desgarradora que no huele a impostura y que se mueve con agilidad en la tragedia... y en los breves y sutiles apuntes fantásticos. Poesía desgarradora en la que se mueve como alma en pena un Javier Bardem colosal, construyendo el que seguramente sea su mejor trabajo hasta la fecha. Un fantasma entre fantasmas. Con la voz siempre a punto de apagarse y de ser silenciada por el ruido ambiental, deambula un ser moribundo cuyos únicos momentos de paz los halla en una familia que a la vez es la principal fuente de sus pesares. Un monstruo, o el último hombre bueno sobre la faz de la Tierra, testigo de una civilización babélica cuyas entrañas podridas se consumen lentamente, a veces sin armar escándalo, a veces haciendo explotar el marcador de decibelios, en un proceso repugnante... y precioso. En ínglis...
 

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